Crónica de un reto

Crónica de un reto es el relato de su protagonista, Abel de Frutos, sobre su vivencia del «Uniendo Caminos. Camino de San Frutos».

Abel de Frutos en el primer tramo del Camino de San Frutos con Segovia y la sierra a su espalda

No es fácil expresar con palabras todo lo vivido este fin de semana, pero voy a intentarlo.

Tras recorrer el año pasado los 600 kilómetros que separan Segovia de Santiago de Compostela para dar visibilidad a la ataxia telangiectasia (una enfermedad rara que afecta a muy pocos chavales en España, con algunos de los cuales he compartido varios fines de semana en los maratones de Zúrich), mi cabeza y mi cuerpo me pedían que el reto Uniendo Caminos no terminara ahí y que fuera a por la extra mile.

Después de darle muchas vueltas, pensé que, siendo segoviano, no había mejor manera de continuar el reto que recorrer esta vez el Camino de San Frutos en unas 30 horas.

El 19 de septiembre, después de preparar todo lo necesario para recorrer el camino, nos pusimos en marcha a las 8:00 desde la Catedral de Segovia. Para mi sorpresa, allí me esperaba un grupo de amigos del barrio dispuesto a apoyarme en este nuevo reto. Me despido de todos ellos y de Ana, y comenzamos a correr en dirección a Zamarramala, el primero de los pueblos de la ruta.

El Camino de San Frutos tiene dos variantes: la de la Sierra, que decidí recorrer durante los primeros kilómetros, y la de Caballar, que tomaría después de llegar a la ermita de San Frutos.

Solo estábamos mi mochila, con todo lo necesario, y yo. El camino era prácticamente para mí y para algún pájaro o conejo que huía despavorido a mi paso, bajo un amanecer espectacular que acabaría convirtiéndose en un calor tórrido durante las horas centrales del día.

Me encuentro fenomenal y voy pasando por pueblos vacíos hasta llegar a Torreval de San Pedro. Allí decido parar a tomar una Coca-Cola en uno de los pocos bares abiertos. Descanso un poco, recargo agua y continúo mi camino mientras echo un vistazo a los mensajes de ánimo que voy recibiendo en el móvil.

Llego a Pedraza en el kilómetro 42: el primer maratón de los cuatro que tendré que completar. Me desvío del camino para subir al pueblo; son unos 500 metros de ida y vuelta y hay que afrontar la cuesta de entrada, pero el calor es acuciante y necesito tomar algo fresco. Después de beber un Aquarius en el bar y recargar de nuevo agua en la fuente, retomo el camino ante la sorpresa de los visitantes.

Sigo atravesando pueblos en los que apenas veo gente y disfrutando de cada paso, pero, alrededor del kilómetro 60, empiezo a sentir una molestia en la planta del pie a la que no doy demasiada importancia. Así llego a las hoces del Duratón, la parte más bonita del camino, mientras cae la noche.

Abel de Frutos tras llegar a la ermita de San Frutos, punto medio del reto.

Tras una subida interminable desde el puente de Villaseca, llego a la ermita de San Frutos ya de noche. En el aparcamiento me esperan Ana y mi madre para darme ánimos y proporcionarme todo lo necesario para el camino de vuelta. Decido descansar un poco y, al quitarme las zapatillas y los calcetines, descubrimos una ampolla bastante curiosa en la planta del pie izquierdo, que Ana me cura como buenamente puede. Descanso, como lo que puedo, me cambio de ropa y me despido de ellas.

En algún momento se me pasa por la cabeza abandonar y pienso: «¿Cómo se me ocurriría lo de ir y volver, si solo con llegar a San Frutos habría sido suficiente?». Pero este reto no lo hago por mí. Lo hago por Ángel, Noa, Carmen, Patri, Luis Illán, Álvaro, Jon, Alex, Ayla, Inma, Sonia, Alejandra, Cloe y el resto de los chicos; pero, sobre todo, por quienes nos dejaron este año: Adrián, Bárbara y Sara, que siempre estarán en mi cabeza.Había que continuar y terminar el reto tal y como lo había preparado.

Aunque pueda parecer complicada, disfruto la noche mucho más que el día. La ampolla no me deja correr todo lo que me gustaría, pero baja la temperatura y, con el frontal, voy sumando kilómetros y devorando horas casi sin darme cuenta.

Sigo atravesando pueblos en la oscuridad, iluminados por una luz tenue, y voy deteniéndome en ellos para buscar alguna fuente en la que recargar agua y comer lo que el estómago me permite a esas alturas del recorrido. Los kilómetros pasan y, pese al dolor en la planta del pie, el objetivo se va acercando. La música, las llamadas, los mensajes de ánimo y pensar en llegar a Espirdo (el penúltimo pueblo antes de Segovia) me ayudan a combatir los malos pensamientos y a continuar, paso a paso, hacia la Catedral de Segovia.

A falta de unos 30 kilómetros, llega una sorpresa: un amigo del barrio de San Lorenzo se acerca en bicicleta para acompañarme durante un rato. En Espirdo se encuentra un grupo del club bastante grande participando en su carrera pedestre. Dani «me salva la vida»: a esas horas ya hace mucho calor, así que se acerca en bicicleta a un pueblo cercano para traerme una Coca-Cola fresca. Va y viene por el recorrido, dándome conversación y ofreciéndome su ayuda.

El final se acerca, pero todavía me espera la mayor sorpresa de todas. Sabía que mucha gente del club estaría en Espirdo y que algunos me esperarían para recorrer conmigo los últimos 10 kilómetros. Sin embargo, llego justo cuando están entregando los premios: el pueblo está lleno de gente y muchos conocidos me ven aparecer junto a Dani y Ana, me aplauden y me felicitan.

Mi intención era pasar rápido por allí con la gente que se iba a unir al tramo final, pero, como fuimos el club más numeroso de la carrera, me obligan a quedarme para recoger el premio: un estupendo jamón.

Afronto los últimos kilómetros acompañado, sufriendo mucho por las ampollas, pero sabiendo que el trabajo está hecho y que solo quedan unos minutos más hasta llegar a Segovia. Subimos por la calle Real, llena de visitantes que se sorprenden al ver a alguien con esas pintas corriendo a esas horas hacia la Plaza Mayor.

Allí me esperan mi familia y mis amigos, y entre todos ellos veo también a Noa y a su familia, que han venido desde Ávila para recibirme.

Antes de despedirme, quiero dar las gracias a Ana, mi otra mitad y la persona que, cada vez que se me ocurre algo así, no duda en decirme que siga adelante, que puedo con todo lo que me proponga. También a mi familia, por supuesto, aunque piensen que estoy como una cabra, a todo el CD San Lorenzo, a la Asociación de Vecinos del barrio, y a todas las personas que han dedicado parte de su tiempo a colaborar con sus
donaciones y a seguir mis andanzas este finde.

Y, cómo no, a las empresas que se han interesado por el reto y nos han ayudado a alcanzar el objetivo: Fundación Caja Rural, Dihose, Innoporc, Recambios Segocar, Natural Stone by Cerezo, Santiago Maroto Martín, Comercial Caupi, David Alonso Transportes, JF.2 y Cimalp.

Rutas del camino de San Frutos, en Segovia, con sus dos vertientes. El recorrido realizado por Abel de Frutos

¡Muchas gracias también a todos quienes hicieron su aportación en MigranodeArena.org!

Asociación Española Familia Ataxia Telangiectasia

Asociación Española Familia Ataxia Telangiectasia